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Algunos escritos cuestan muy poco, otros mucho. Los mejores sin duda eran aquellos donde la hoja no era un folio en blanco, sino trozos recortados de periódicos, partes de atrás de tarjetas de embarque, folletos olvidados, una servilleta o incluso pañuelos de papel. Porque eso significaba que las palabras debían de salir, como si las estuvieran agarrando del cuello. Algunos escritos costaban un café, otros una comida. A mi hoy me costó un poco más, por pedirme un café en el aeropuerto. Y eso supongo que iba a merecer la pena. Sólo para que me dejaran sentarme en una mesa y no tener que pelearme con el papel, mis rodillas y el bolígrafo para escribir. Escribir. Por fin lo hacía. Llevaba tantas palabras acumuladas que ya no sabía por dónde empezar. Pero parece que me inspiraba cuando veía las cosas desde cierta distancia. Como Mallorca, desde el avión. Y una vez que aterricé era como si siguiera en el mismo avión. Porque ahora veía Mallorca desde cierta distancia. Lo cual me parecía absurdo, pero interesante.

Lo primero que cambió en mi visión fue darme cuenta de que ellos, existen. Ellos eran yo en su país. Yo en su país era ellos en Mallorca. Hasta ahora no me había fijado en ellos. Hasta ahora no había centrado los ojos en ellos. Ellos eran personas. Pasajeras, antes. Ellos son personas, ahora. Ahora podía meterme en su piel. Ahora sabía lo impotentes que se sentían cuando tenían que pedir el café en un idioma que no era el suyo. Sabía que andaban con cinco ojos, asombrándose de cosas. Intuía un poco de las cosas de las que se asombraban. El carácter español, tan diferente al suyo. El menú del día – dos platos – por nueve euros. Con vino incluido. ¿Quién les iba a creer cuando llegaran a su país y contaran todo aquello? Estos eran ejemplos de esas pequeñas cosas que tienes cada día. Las ves, pasas de largo, no te das ni cuenta de que existen. Pero son para ti tu principal apoyo. Tu café diario, sin el cual te cuesta arrancar. Constituyen el escenario con su decorado. Tú prestas atención a la trama de la obra, tu vida, y no al escenario, pero sin él nada tiene sentido. Sin él se siente un vacío, algo falta, pero no sabes muy bien el qué.

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