Irene de la Torre

Crema solar

«Crema solar, primer libro de Irene de la Torre, es una pequeña joya. Contiene un álbum de mujeres solas, bellamente retratadas en su regreso a la naturaleza (playas, jardines, ríos), o al pueblo de origen, como si esa vuelta a lo primordial accionase el mecanismo de la ficción, que oscila entre el realismo poético y la intromisión de lo fantástico, con alguna pieza antológica, como “Pollo entero deshuesado” y “Crecimiento en diagonal”.

»La mayoría de estos relatos remiten a la infancia y la adolescencia; a los días del pasado con sus descubrimientos y encubrimientos (a menudo agridulces), con una leve punzada de nostalgia por esos instantes “donde son capaces de convivir belleza y tristeza”. Bellos y tristes son los cuentos de Irene de la Torre, que parece decantarse hacia lo elegíaco y lo sensorial, pues al final de lo que se trata es de “agarrar el agua como si fuera un ramo de flores, un puñado de uvas”. Un debut más que notable».
– Eloy Tizón

«Irene de la Torre crea con maestría un territorio donde lo cotidiano se vuelve extraordinario, en relatos que abren fisuras en la realidad y revelan los anhelos secretos que habitan nuestras vidas».
– Corina Oproae

Características

Títol: Crema solar
Idioma de publicació: castellà
Autora: Irene de la Torre
Editorial: RIL editores
Gènere: relats
Data de publicació: maig de 2026
ISBN: 978-84-10248-99-1

Fragment

UNA CASA DISTINTA

Cada mañana me despertaba en una casa distinta. A pesar de ello, siempre era mi casa. Sabía dónde encontrar la cafetera, el joyero con todos mis collares, el cajón de los cubiertos. Los muebles eran diferentes, el sofá distinto, la nevera siempre otra, pero nunca me disgustaban del todo. Los cubiertos se hacían a las palmas de mis manos, los picaportes reconocían mis huellas dactilares. Abría los ojos y reconocía el lugar, el olor, las paredes, los cuadros. Era como si me mudase en sueños, de madrugada, en mi cabeza. Como si me preparase durante toda la noche para el nuevo espacio.

Al poco tiempo llegué a la conclusión de que el tipo de casa en la que amanecía guardaba relación con mi estado de ánimo. Cuando me sentía oprimida, hacía turnos de más de diez horas diarias sirviendo mesas porque estábamos en temporada alta, amanecía en casas diminutas. Como una celda sin ventanas en la que apenas tenía libertad de movimiento. Espacios reducidos de seis metros cuadrados. Habitaciones un poco desordenadas, con todo apelotonado en el mismo espacio: cocina, baño, dormitorio, lavadora. Viviendas que olían a humedad y en las que todas las ventanas daban a un patio diminuto. Casas donde llegaba un olor roto a fritanga de las cocinas de los vecinos y salían cucarachas de las alcantarillas. O incluso trasteros sin muebles, bajos sin luz solar, con barrotes en pequeños ventanucos. Completamente enterrada.